Kutxa Kultur Festibala: Recital de lo Impersonal

Estaba visto: se mascaba desde hace algunos años el creciente ímpetu por colar una muestra de música “independiente” en nuestra ciudad. Los continuos guiños desde ese falso festival de masas y de música jazz llamado Heineken Jazzaldia bien podían presagiar que, una de dos, o este último evolucionaba hacia un engañoso y descafeinado alegato a la música pseudo-independiente (recordemos pasaron por sus escenarios, metidos con calzador para atraer gente, formaciones como Crystal Fighters, Russian Red, Gotan Project, Cut Copy, The Pains of Being Pure at Heart, Patti Smith, The Morning Benders o The Divine Comedy, entre otros…) o su esperable escisión infraestructural tomaría forma bajo otra cita musical con diferente escenario y fecha. Si a todo ello sumamos el poco entendible afán de aparentar ser Barcelona, Madrid, Londres, París o Nueva York, cuando continua e incongruentemente se alude a la identidad easonense, el resultado no podía ser otro que la irrupción en el programa de eventos de la ciudad de un flamante  nuevo festival de ritmos “indies”. Total, como lo tienen Bilbao, Vitoria, Madrid, Benicassim, Granada, Barcelona, Santander, Gijón, Almería y hasta Benidorm; no se iba a ser menos aquí, que hay que seguir mostrando al mundo lo hipócritamente intercultural que es Donostia/San Sebastián; no se ponga en entredicho, fíjese usted, la consecución de la capitalidad cultural europea para 2016.

Durante el primer fin de semana de Septiembre y en el mítico Parque de Atracciones de Igeldo, se programaron una batería de bandas de renombre nacional e internacional, así como la oportunidad de exhibición de varias bandas locales: The Raveonettes, Maximo Park, Los Campesinos!, Love of Lesbian, Anari, The Whip y un largo etcétera visitarían nuestra ciudad, muchos de ellos con más que dudosos méritos para estar ahí. Dos escenarios se encargarían de acoger sus actuaciones, bajo aforo limitado, para disfrute de las 1.500 personas que se hicieran con los tickets para ver el acontecimiento.

Poco más quedaba en claro. Quizás lo más importante: su coste. En un principio, el abusivo precio de su bono, 70 euros por los dos días, o los 40 que costaría la entrada para uno solo, no supuso más que una autolapidación en sus intenciones de hacer negocio sin escrúpulos. Es el riesgo que se corre al querer ser partícipe de esta simple y llana paradoja: llamar “independiente” a un festival cuyo máximo patrocinador es un banco.

La escasa venta de entradas, apenas 200 en algo más de un mes, hizo que el principal padrino del evento, Kutxabank, en colaboración con la organización, vendieran la moto del buenrollismo haciendo creer al personal que su rebaja de precio a 10 euros por jornada y ampliación de aforo a 4500 asistentes se debía a una “sorpresa sin desvelar” o a una especie de labor humanitaria para con sus conciudadanos, aliviando el azote que la crisis imprimía en sus bolsillos. Cifrar en 70 euros el abono para ver una serie de grupos de discutible calidad y sospechosamente desconocidos para la gran masa social, además de un insulto, ya presagiaba de por si poca demanda. Si en cambio, el desembolso es solamente de 20, es prácticamente un regalo y las entradas se venderían como churros. Total, nadie se queja hoy en día por comprar mierda barata y, por ese importe, quien más quien menos, se podía montar un fin de semana de lo más completito y alternativo, independientemente de quién estuviera subido en el escenario.

Así pues, la jornada del viernes 7 de Septiembre transcurrió según lo programado abriendo cartel Russian Red, acompañada de algunos músicos con poco peso en la formación Belle and Sebastian. Esta chica aburre, su voz irrita, está falta de recursos y no ofrece nada nuevo. Sus aires de mosquita muerta encajan muy bien con el pseudo indie-folk que intenta vender pero el nulo poso de credibilidad que desprende la delata. Que se de una vuelta, por ejemplo, por algún álbum de Alela Diane, First Aid Kit y un interminable elenco de voces femeninas a las que copia descaradamente, apuntándose al carro de la moda del folk americano. Quizás se le pegue algo o intente plagiar algo mejor. Porque componer ya ha dejado claro que no sabe.

La actuación de The Whip animó al personal con su rock bailable. Demasiado pregrabado para una banda que es incapaz de reproducir en directo las canciones de sus álbumes, de no ser por los artificiales ritmos y guitarras de fondo que utilizan para hacer más verosímiles sus conciertos. “Trash”, pasable hit conocido gracias a varios videojuegos, de lo más celebrado entre los asistentes.

La brasa sonora que ofrecieron The Raveonettes o bien intentaba esconder sus carencias técnicas o sencillamente hacían patente que sus discos se los han maquillado de arriba abajo. Con un sonido directo insoportable, los daneses distan mucho de ser una banda a tener en cuenta y no son más que el fiel reflejo de lo impersonal del panorama musical de la última década. Casi en la misma estela se podría catalogar la aparición de Maximo Park: los de Newcastle, con Paul Smith a la cabeza, pusieron muchas ganas sobre el escenario pero los inaceptables problemas técnicos con el teclado dejaron a la banda vendida. Cierto es que, pese a todo, salvaron el escollo, pero su hora pasada de concierto se hizo algo plomiza e irregular. “Our Velocity” despertó a un público que vio como sus arreglos de teclado iniciales se veían alterados en efecto sonoro por las comentadas incidencias técnicas y que a punto estuvieron de borrar el tema del setlist, de no ser por el esmerado intento de improvisación de Lukas Wooller.

Llegados al sábado 8 de Septiembre, y ya con los vítores de éxito de asistencia del día anterior, aparecía sobre el escenario grande una Anari que se equivocó de festival y que a duras penas salvó una función castigada por un sol de justicia y la escasa asistencia que la contemplaba. Delorentos y Los Campesinos! hastiaron y empalagaron a partes iguales en actuaciones poco destacables. “You! Me! Dancing!” fue coreada y conectó con una minoría de un público que para esa hora ya abarrotaba el recinto.

Love of Lesbian fue el único punto de inflexión y lo más reseñable del fin de semana: su público, fiel como ninguno y mayoritariamente femenino, acompañó todas y cada una de las canciones que ofrecieron Santi Balmes y los suyos. La puesta en escena también rindió por encima del nivel general visto durante el festival. El punto final en el tablado mayor lo puso The Horrors: si a cinco individuos vestidos de negro tocando canciones insulsas se les tiene como icono del garage, del oscurantismo, del punk o de cualesquiera de los estilos en los que se les encasilla, es que algo no funciona en el panorama musical actual. Ni sorprenden ni entusiasman. Facturan revisionismo sonoro puro y duro. Y del malo. Su directo es insignificante; su pose y sus canciones todavía lo son más.

Las bandas locales dejaron patente que este tipo de eventos únicamente les sirven de mera promoción ante una afluencia de público que jamás conseguirían en otras circunstancias. Ni sus propuestas ni su, en varios casos, sobreactuado talante consiguieron convencer al populacho. Poco entendibles resultan, además, actitudes y consignas del tipo “Somos la esperanza del rock entre tanto puto indie” o “Venga peña, hay que moverse, joder. Sosos!”. Si tan rockero y duro es uno, lo tiene bien fácil: se declina la oferta de tocar dentro del festival en cuestión y punto. Tampoco hubo visos sobre el escenario pequeño de ningún ciclón sonoro como para considerarse promesa o esperanza de absolutamente nada. Por otro lado, hay que asumir donde se está y quién se es: ni residimos en una zona especialmente conocida por su movilidad de caderas y, mucho menos, como para hacerlo con grupos de escasa trayectoria o trascendencia local. La humildad debiera ser la piedra angular de cualquier aspiración. Apuntillar, asimismo, que no todas las formaciones pertenecían a la provincia pues Wilhelm and the Dancing Animals se anuncian originarios de Pamplona. Una propuesta la suya clavada a Hola a Todo el Mundo y enquistada en un pop naif y repelente llevado al extremo de permitirse destrozar vocalmente, a base de clamorosas desafinaciones, su versión de “Lucy in the Sky with Diamonds” de The Beatles.

Organizativamente hubo claros aciertos como la iniciativa de lanzar autobuses gratuitos cada escasos minutos para el traslado de los asistentes al evento y su posterior devolución al centro de la ciudad o la gran coordinación de horarios entre los dos escenarios para poder optar a ver todos los grupos sin excepción. Cierto es, igualmente, que hubo desatinos varios de diversa índole como la escasez de luz en algunas zonas del parque, la pobre infraestructura y oferta gastronómica (5 puestos de comida para 4.500 personas) y los desmesurados precios de la bebida que, además de ser de mala calidad y estar caliente, era servida tras largos momentos de espera apoyados en barras kilométricas dotadas de insuficiente e ineficaz personal.

Queda la firme sensación de que Kutxa Kultur Festibala ha sido leal reflejo de la propia ciudad: pura postal y poco trasfondo; mucho paisaje, pobre calidad; grupos de tercera o cuarta fila y ningún cabeza de cartel digno. Si existen los medios, ¿por qué no aprovecharlos y actuar en consecuencia?, ¿Por qué no apostar por bandas al nivel que lo hacen otras localidades? Muy sencillo: porque esta urbe nunca se desprenderá de la etiqueta de eterna aspirante a gran ciudad ni del falso modernismo que emana. Merecería la pena trabajar por un competente y verdadero festival de música “indie” y no en pro del enésimo acontecimiento-farsa al que nos tienen acostumbrados los organismos oficiales de Donostia/San Sebastián.

Texto: Paja&Mosto

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