Portishead: Ave Gibbons, Morituri te Salutant

El factor purificador que ancestralmente se le otorga al fuego toma mayor protagonismo si cabe en una noche como la del 23 de Junio: San Juan. Miles de hogueras plagan la geografía de medio mundo para rendir homenaje al dios Sol y dotarlo simbólicamente de la fuerza que comienza a perder desde esa misma noche. Paradójicamente, el destino quiso que en esas fechas visitara la ciudad condal un auténtico astro del panorama musical internacional: Portishead. Hablar de los de Bristol es doblegar rodilla y alma ante una de las bandas más influyentes de los últimos 20 años: “Dummy” (1994), “Portishead” (1997) y “Third” (2008) conforman una trilogía avanzada años luz para su tiempo, sumida en unos de los mayores cultos que se conocen en el arte musical contemporáneo.

El Plobe Espanyol de Barcelona recibía un doblete de los ingleses en las noches del 22 y 23 de Junio. Su inexplicable disfraz en forma de festival resultó poco entendible a tenor de lo acontecido: pírrico interés por las bandas teloneras escogidas por los propios Portishead y más que confuso cierre de sesión en la sala Razzmatazz. Si con esta parafernalia pretendían justificar el elevado precio de las entradas, 60 euros, es mejor dejarse de eufemismos: todos los allí presentes pagaron por ver a Beth Gibbons y compañía. Y lo volverían a hacer. El resto sobraba.

A las 22:00 horas, con exquisita puntualidad inglesa, comenzó a sonar el sample en idioma portugués que sirve de introducción a “Silence”. El brío rítmico que le sigue arrecia a los dos minutos para dar paso al canto de Gibbons. La fusión de ambos te prepara para una auténtica danza de las sombras. El tiempo se para. Las pupilas se dilatan. Un escalofrío recorre tu cuerpo: la liturgia ha comenzado. El repentino e intencionado final de la canción te despierta del trance para empalmar con “Nylon Smile”: la guitarra de Adrian Utley comienza a asomar. Sin apenas tiempo de respirar “Mysterons” retumba en nuestras conciencias. El galáctico arreglo con sonido theremin y el mítico redoble en fusa creados por Geoff Barrow hipnotizan y catapultan a partes iguales un tema cuyo coreo masivo de estribillo denota que el paso del tiempo no envejece canciones como esta. A su término, Beth Gibbons se dirigió al público con un tímido “thank you”. Era de agradecer semejante entrega y ovación a los pocos minutos de comenzar.

Si algo claro dejó “The Rip” es que la rubia cantante se ha erigido como una auténtica gurú de masas: hierática, eterna, alicaída, solemne y tan trágicamente hermética es capaz de sumirte en un viaje interior hacia tus peores miedos. Todo un clásico, “Sour times”, devolvió el acompañamiento vocal de los presentes a una canción perfecta para escuchar en un oscuro bar lleno de humo y personajes rocambolescos. Un aforo cuya media de edad rebasaría seguramente la treintena de edad, hizo suyo el estribillo “Nadie me ama, es verdad. Nadie como lo haces tú”. David Lynch pagaría por un tema así para alguno de sus filmes.

Uno de los momentos más emotivos de la noche vino de la desnuda y sentida versión en acústico de “Wandering Star”. Pecando de pretenciosos, se podría haber reclamado una versión más fiel a la original, sin prescindir de la base rítmica y los sutiles arreglos de mandolina y teclado entre estofas. En contraposición, un agudo llanto vocal final puso al borde del paroxismo a una parroquia que para ese momento ya claudicaba ante los británicos. Ver llorar a alguien a tu lado tras semejante interpretación deja sin valor cualquier elogio que se pueda hacer. Sin tiempo de reponerse de tal noqueo emocional irrumpió en escena la ametrallante “Machine Gun”. Las imágenes que vestían los temas tomaron mayor protagonismo durante la misma: el fervor popular aclamó las secuencias-denuncia que mostraban las cargas policiales acontecidas durante las protestas de eso que se llamó 15M. El apocalíptico fraseo final de sintetizador engrandeció más si cabe unos de los cortes que más crece en los directos de la banda.

“Over” y “Cowboys” fueron los dos únicos momentos rescatados de su álbum menos reconocido: “Portishead” (1997). Se echó en falta quizás una parada mayor en él y, puestos a pedir, que hubieran tomado “All Mine” como una opción ejecutable en directo. Sin embargo, una exquisita y estilosa “Glory Box” borró cualquier tono de reproche. De nuevo Beth tiró de manual para encandilar al recinto: su halo de anti-heroína, bañado por los atonales dibujos de guitarra de Utley, cubrieron de un aura misteriosa otro de los instantes más celebrados de la velada.

“Chase the Tear”, de su homónimo EP de 2009, y “Threads”, sofocante y preciosista en sus variados redobles de timbal, sirvieron de preludio a los solicitadísimos bises: “Roads”, incuestionable pelotazo, instauró el delirio más absoluto y fue recitada de arriba abajo, con un nudo en la garganta, por los allí presentes; y la alargada “We Carry On”, que sirvió tanto de broche de oro como de baño de multitudes para Gibbons, la cual corrió al foso a saludar a su fiel público, a modo de agradecimiento por tan legendaria noche.

Es inútil atisbar cualquier indicio de flaqueza o desidia en su actuación. Despliegan un sonido impecable y una madurez escénica y compositiva apabullante. Triunfan fuera de los cánones establecidos y no necesitan ningún tipo de pose forzada para encandilar. Cualquier mal trago o revés en tu vida se asimila mejor al son de sus canciones. Purifican tu ser cual noche de San Juan. Porque no hay mejor terapia y mayor libertad que admitir nuestra vulnerabilidad y la intrascendencia de nuestra existencia. Portishead es el lamento de miles de almas errantes que vagan sin rumbo. Es asumir que todo tiene un principio y un final, y que el camino entre esos dos puntos no siempre es de color de rosa. Como la vida misma. Ave Gibbons, los que van a morir te saludan.

Texto: Paja&Mosto

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